jueves, 17 de septiembre de 2009

Papel, tinta, madera, muy cerca de Florencia - Editorial

Frase de la semana


"El hombre sabio querrá estar siempre con quien sea mejor que él."


-Platón




Había una fórmula tonta, cuando éramos chicos, que tonta y todo nos divertía a rabiar, porque sí: pin uno, pin dos, pin tres, contábamos hasta llegar a Pin Ocho, y tal vez se nos pasaba el común -y descomunal- aburrimiento de la infancia, que consiste en algunos momentos de insoportable paz (Algunas reflexiones sobre los juegos tradicionales rurales).

Se dice que hay otras fórmulas mágicas, y son para elaborar seres humanos (Hechicería e Imaginario Social) -aparte de la convencional receta de hacer el amor entre una mujer y un hombre bajo ciertas condiciones propicias de la luna (Trilogía del Amor: El Amor, el Odio y los Celos).

Acá dejaremos pasar laboratorios y probetas, clones y científicos cuerdos u orates en busca de una nueva vida (Bioética y genómica), porque no queremos enfocarnos en eso sino en las leyendas y los cuentos fantásticos que hablan de varios atrevidos intentos multiplicadores de gente.



Uno de ellos es el llamado Golem, creado por un rabino en la ciudad de Praga mediante el método terrible de pronunciar con exactitud el nombre verdadero de Dios (Asambleas de pájaros). Y aun así fue un intento fallido; el rabino más bien creó a un homúnculo poco desarrollado que terminó incendiándole la sinagoga (Religiones).


Pero muy cerca de Florencia, Italia, en un pueblito llamado Collodi que es apenas una mancha sobre la ladera de una colina (Ciudades y escritores), un hombre dio a luz dentro de un libro algo bastante más amable que el Golem, un muñeco de madera viviente: Pinocho, claro.


Se trataba de la primera vez que el escritor tomaba la pluma -o la madera del lápiz- para engendrar literatura; él era o había sido periodista y volvió a Collodi para intentar escribir un cuento para niños.


Carlo Lorenzini adoptó el seudónimo de Carlo Collodi -homenajes como éste para el lugar de nacimiento hay demasiado pocos- al publicar su narración, que terminó siendo una novela para grandes y chicos y una herencia sin nada de herrumbre para la humanidad de cualquier lengua, aunque escribió en un dialecto italiano. El libro se llamó Las aventuras de Pinocho.



Pero la creación de un ser con tendencias humanas siempre es, aun en literatura, algo muy serio, y Carlo Lorenzini -Carlo Collodi- no escapó de las serias consecuencias de su creación, quedó enredado en los hilos de cuando Pinocho consiguió empleo como marioneta.



Lorenzini era además un músico dotado, de finísima tela, y grave, amargo, con aires de nobleza pero entregado a luchas políticas reivindicatorias (La revolución en la música y la música en la revolución).



En el pueblo no lo querían, por su malhumor, y por su falta de apego a los niños. Era de los que se ocultan tras la celosía mirando hacia el jardín o el huerto para pescar al que se lleva una naranja o una rosa, y lo persigue con maldiciones.



El pueblo de Collodi, según mis últimos informantes -es decir Internet- se ha convertido en una miniatura de Disneylandia (The Walt Disney World resort), pero gracias a Dios la vida de Pinocho -y la de su autor y padre- fue menos frívola que la del Tío Rico, con el respeto debido a tan entrañable personaje.



Pinocho no era adorable ni entrañable: buscaba convertirse en hombre de verdad. Todas sus aventuras eran búsquedas de identidad y también de respuestas sobre la vida y la muerte.

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Por Mora Torres.





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